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agosto 28, 2014

Hijita, ¿segura qué ese libro?



Durante algunas semanas he pasado por momentos que no sé cómo resolver, en apariencia es sencillo y cualquier mamá no desquiciada como yo, voltearía los ojos pensando que es una ridiculez lo que me aqueja.

El punto es: mi esposo, mi hija y yo frecuentamos librerías, es un pasatiempo de fin de semana que a todos nos resulta entretenido y nos hace compartir y conversar la mayoría de las veces no compramos nada (el precio de los libros es tema para otra entrada) pero de vez en cuando mi hija puede llevar un libro. Al principio era fácil, papá o mamá seleccionaban unos cuantos libros que juzgaban apropiados para la edad y de buena literatura infantil, los leíamos y de esos mi hija escogía el libro que más le gustaba, tan tan, todos felices con la nueva adquisición.

Pero en fechas recientes la tradición se ha roto, mi hija que aún no lee, es una lectora voraz, recorre el área infantil de las librerías de punta a punta, observa, toma libros, los hojea, revisa cuidadosamente las portadas, a veces nos pide que se los leamos y otras veces se conforma con la historia que ella lee en las ilustraciones, hasta aquí todo bien. Lindo y romántico ver a una pulguita de cuatro años con actitud de setenta recorrer los pasillos de la librería. El problema llega cuando triunfante y con ojos brillantes nos muestra el libro que  eligió. Mi esposo es más discreto y le pregunta cauteloso por qué le gustó, yo en cambio hago un esfuerzo gigante por no decirle descaradamente que el libro que quiere llevar es una porquería, lo veo sin ganas, le preguntó si no quiere ver otros, le leo los que a mí me han gustado, intento asombrarla con libros similares al que eligió pero bien escritos, pero el resultado siempre es el mismo, mi pequeña acepta las sugerencias, escucha con ánimo los cuentos que le propongo, comenta las ilustraciones y al final pregunta si está bien comprar el que ella había elegido.

Cuando esto ha ocurrido, respetamos su decisión y compramos el libro malo*. Hasta ahora los dos o tres libros de éste tipo han pasado sin pena ni gloria, los leemos unas cuántas noches pero después mi hija los guarda en sus bolsitas o los usa como juguetes y regresan a las lecturas nocturnas las historias e ilustraciones más nutritivas.


Sé que por el costo de los tres libros malones hubiéramos podido comprar tres libros buenos, sin embargo por el momento tanto mi esposo como yo hemos decidido que lo importante a estas alturas es tolerar las malas  elecciones y esperar a que pasen. Me puse yo en el lugar de mi hija y me sentí fatal al pensar que alguien llegara a decirme que mis lecturas son una porquería informándome así nomás que de ahí en adelante todo lo que leo lo seleccionaría otros.   

¿Comentarios, sugerencias?
cj

* Aclaro que mi juicio sobre la calidad de los libros tiene que ver con la pobreza del texto, la mala calidad de las ilustraciones y los artilugios que utilizan para atrapar a los niños: brillos extremos, ilustraciones que pueden servir de rompecabezas (pero que no son ni una ni otra). Si existiera una librería en Guadalajara que no cediera a este tipo de textos yo le juraría amor eterno, lamentablemente en nuestro país para que una librería sobreviva tiene que tener un poco de todo, incluyendo juguetes y demás objetos que no van en esos espacios, pero eso también puede ser tema de otra entrada...

junio 04, 2013

Uno de un periódico

Por estar tan acorde a lo que creemos en Esdrújula, Crianza y Lectura, compartimos este artículo encontrado en un periódico español llamado ABC.es

Espero les sea útil y contribuya.


¿Por qué a muchos niños no les gusta leer? Quizá toda la culpa no la tengan la televisión y las consolas

Día 30/05/2012 - 16.14h

«Haced lo que queráis, porque de todas maneras lo haréis mal», decía Sigmund Freud a las madres. Quizá fuera demasiado extremo, pero lo cierto es que con toda la buena voluntad del mundo, a veces los padres se equivocan. Todos querrían ver a sus hijos devorando libros y disfrutando al leer mientras aprenden sobre mil y un asuntos, pero en su empeño por fomentar la lectura, el tiro les sale por la culata. ¿Qué falla?
No «hay que leer». Ya lo decía el escritor francés y profesor de literatura Daniel Pennac en el ensayo «Como una novela» con el que lleva abriendo la mente a muchos padres y educadores desde hace 20 años: el verbo leer, como el amar o el soñar, «no soporta el imperativo». Leer es un derecho, no un deber. Es inútil obligar a leer y además resulta contraproducente porque no se transmite una afición por la fuerza.
No se contagia un «virus» que no se tiene. Si los padres no leen o sus hijos no les ven leer, difícilmente podrán convencerles de que se lo van a pasar bien leyendo. Las personas a las que les gusta leer normalmente han tenido algún familiar que les ha transmitido la pasión por los libros. La falta de tiempo no es excusa porque cuando algo realmente se quiere, se busca el tiempo, insiste Pennac.
La lectura, no siempre en soledad. Leer a un niño «es una práctica fundamental, tal vez la más importante y eficaz sobre todo con los niños que tienen dificultades para leer y les cuesta un gran esfuerzo», señala el maestro, licenciado en Historia y logopeda Pablo Pascual Sorribas. Al escuchar a sus padres, comprenden mejor el mensaje y disfrutan con la historia.
¿...y por qué en silencio? «¡Extraña desaparición la de la lectura en voz alta. ¿Qué habría pensado de esto Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras de donde sacan todo su sentido?», escribía Pennac.
No al constante «¿qué has leído?». Examinar a los niños de cada capítulo o cada libro convierte un placer en un examen, con la ansiedad que de ello se deriva. Conversar sobre un libro que se ha leído fomenta la lectura, siempre que el niño no se siente como en un banquillo. Es el «derecho a callarse» de todo lector, porque ¿a quién no le molesta que le pregunten qué ha entendido?
No a los clásicos por obligación. La escritora Ángeles Caso describía en el artículo «Lectores del siglo XXI» cómo se enamoró de la literatura: «No recuerdo que me padre me negase nunca un libro. Ni por bueno ni por malo, ni por demasiado sencillo ni por demasiado complicado, ni por moral ni por inmoral. En mi casa leíamos con la misma fruición los «Cuentos del conde Lucanor» y las historietas de Tintín, el «Poema del Cid» y las trastadas de Guillermo Brown...». Y añadía: «Si alguna vez le devolví un libro sin terminarlo, lo recogió con la misma sonrisa con que me lo había entregado, sin hacerme sentir culpable o tonta por mi desinterés». Los padres pueden alentar y estimular, pero los lectores tienen derecho a elegir.
No al «hasta que no lo acabes, no hay televisión». La televisión se convierte así en un premio y la lectura en un trabajo, en el peaje necesario hasta la tele, una contradicción. Y puede ser la tele, o la consola...
Miguel de Cervantes decía: «El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». No pongamos zancadillas.

marzo 18, 2013

Amor de hermanos


Los hermanos se quieren tanto como se odian, compiten, se molestan y se apoyan. Para Manolito, el narrador personaje de Elvira Lindo, su hermano menor es insoportable, es simplemente “el Imbécil”.  Detesta que los adultos festejen todas las gracias del nene: “… y les pareció muy gracioso y se rieron mucho, y a mí me dejó de dar pena el Imbécil porque siempre se lleva a la gente a su terreno y siempre cae bien a todo el mundo, aunque haga lo peor”.  Pero cuando la vida los pone en circunstancias difíciles Manolito y el Imbécil son solidarios entre ellos como todos los hermanos: “Yo soy un cobarde, como mis amigos, pero que le toquen al Imbécil, eso sí que no.”
La mirada infantil de Manolito caracteriza a los adultos de su entorno; la madre Cata “Mi madre, o como dije en el capítulo anterior, la mamá del Imbécil, porque parece que sólo tienen ojos el uno para el otro…”  el abuelo Nicolás “Mi abuelo le dijo al dependiente que qué había pasado, que yo era un niño que daba gloria verme de lo bueno que era, que era un niño que sólo daba problemas con lo vago que era en el colegio, con lo celoso que era con el Imbécil y con que a veces no había quien me callase y que ponía a mi madre de los nervios (de punta)”. Luisa, la vecina metiche y chismosa, que está segura de que de haber tenido hijos los habría criado sabiamente: “La Luisa había decidido cambiarnos y convertirnos en esos vecinos que todas las Luisas quisieran tener”.
Manolito tiene 9 años, no crece tan aprisa como quisiera, usa lentes y para colmo es regordete. Nicolás tiene casi 4 años aunque no ha dejado el chupón, es tan inoportuno como precoz y se atreve a  hacer las cosas de las que Manolito quisiera ser capaz. Esta historia cargada de humor es un disfrute para los hermanos mayores incomprendidos y para los padres que a veces no nos acabamos de enterar cómo nuestros hijos lidian para explicarse las cosas que van pasando en su niñez. 
Esta esdrújula, que tuvo la fortuna de ser hermana menor, se ha reído como niña al leer las aventuras de Manolito y el Imbécil y ha comprendido un poco más que sus hijos, a pesar de la rivalidad se quieren como sólo un hermano puede.
sd  

febrero 04, 2013

Una novela muy moral.


Dice Milan Kundera que: “La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral”[1]. De esto me acorde mientras leía Un arma en casa de Nadine Gordimer. Estamos acostumbrados a sentir empatía por la víctima y la familia de un crimen fatal,  pero con mucha menor frecuencia nos acordamos que el victimario también es padre o esposo, hermano o hijo de alguien.
Título original: The house gun
En Un arma en casa los padres de un joven arquitecto, se enfrentan a algo nunca previsto. Reciben un día la noticia de que Duncan está detenido, acusado de homicidio. Profesionistas y cultos, padres conscientes de haber dado a su hijo la formación que hoy les permite vivir tranquilos, rechazan la culpabilidad del hijo; aun cuando éste no se declara inocente, se aferran a la idea de que todo debe ser un terrible error.
Nadine Gordimer, premio nobel de literatura en 1991, sin duda explora en esta novela una parte de la existencia que no se había narrado. Nos pone frente a la posibilidad de que la educación privilegiada y el núcleo de una familia liberal, no sean garantía de una vida moral y justa.  Claudia y Harald no pueden evadir sus propios prejuicios en el proceso de la historia, así como tampoco podrán asegurar que conocen a su hijo.
Esta esdrújula se confiesa estremecida por  la lectura de una novela moral (en el estricto sentido kunderiano), y  deja aquí  una cita de la autora, que por sí misma invita a la reflexión:
“Y habían superado, también –no, dominado- estas incompatibilidades a través de las distintas etapas, en el matrimonio, en el amor que se tenían, como algo diferente de estar enamorado; incompatibilidades ignoradas en el momento de la concepción: pero presentes. El hijo nació de todo ello” [2]
sd


[1] KUNDERA Milan (2004)  El arte de la novela Fábula Tusquets pág: 16
[2] GORDIMER Nadine (2006) Un arma en casa Ediciones B pág: 91


enero 27, 2013

Algo para leer en el puerperio.


Durante este fin de semana coincidió que pude conocer a los bebés de dos amigas cercanas, que no tienen relación  entre ellas. Compartí un momento con cada una y mientras me contaban de esa  etapa de los primeros meses de vida de sus hijos,  recordé ese tiempo que ahora parece lejano. Mi hijo mayor es ya más alto que yo y mi benjamín está en esa edad en que los niños tienen facha de Daniel el travieso, mudando los dientes de leche.
Recordé las andanzas de la lactancia, de los desvelos, del descubrimiento del amor tan grande que nos hace capaces de despersonalizarnos, de dejar de ser nosotras por unos meses o años; ese amor que nos permitió sobrevivir como especie, siendo tan frágiles, tan dependientes.  Ese amor que halla recompensas en las cosas más simples y nos hace apreciarlas como milagros, es también el que nos hace temer, que nos transforma  y nos hace descubrir en nuestro interior lo que ninguna otra experiencia es capaz.
Para esas mujeres que están por ser madres o lo han sido recientemente, les recomendaré un libro que leí hace años, y que estas amigas han leído también La maternidad y el encuentro con la propia sombra de la argentina Laura Gutman.  Punto y aparte de las creencias particulares, esta lectura devuelve la confianza en el instinto, esa voz interior que con frecuencia las madres silenciamos ante el ruido de tanta publicidad, tanto especialista, tantos expertos que nos dicen qué y cómo hacer una tarea que está programada en nosotras y que solo necesita un poco de comprensión y respeto para que pueda ser reconocida. 

sd

diciembre 02, 2012

Hablar para saber qué pensamos


¿Les ha pasado que se sorprenden porque nunca antes pensaron en la muerte propia? Cuando uno tiene un hijo, le nace con él un miedo que jamás tuvo.  Mario, uno de los narradores de Hablar solos, la novela que este año presentó Andrés Neuman,   decide “fabricarle un recuerdo” a su hijo de diez años, cuando se entera de su fatal diagnóstico médico.

Lito sueña con viajar con su padre. Cada vez que recibe la respuesta: “más adelante” piensa en: “una cola larguísima de niños y que yo soy el último”. Así que, cuando su deseo se cumple, cree que los diez años es la edad en la que empiezan a pasar las cosas buenas en la vida, no sospecha  que a esa edad pueda ser huérfano.

Elena toma un  desconcertante camino a la viudez. Es maestra de literatura y tiene esa maña común del gremio de subrayar los libros, con la creencia mágica de que son ellos los que nos escogen cuando tienen algo que decirnos. En este personaje se concentra la tesis de la novela; Elena subraya una cita de Geoffrey Gorer: “Hoy la muerte y el duelo son tratados con la misma mojigatería con que en el siglo diecinueve se trataban los impulsos sexuales.”

Los registros  son distintos para cada narrador. Los capítulos de Mario, son narración oral, está haciendo una grabación para su hijo, en la que le roba al tiempo que no tiene, las palabras futuras para Lito.  Elena es epistolar,  su  diario es íntimo es toda la extensión de la palabra, caben en él las contradicciones, la culpa, las confesiones; la reconstrucción de sí misma, desde la anticipación de la pérdida hasta la protesta del duelo. En cambio, en Lito, está la herencia proustiana del discurrir de consciencia, sincera, frágil, pueril.

En la presentación de Hablar solos, en la FIL de Guadalajara, su autor ha dicho “No decimos lo que pensamos, hablamos para saber qué pensamos”. He aquí una novela donde los personajes van descubriendo lo que piensan y sienten, mientras son leídos.  Quizá, como Elena, algunos lectores quieran subrayar el miedo que nos nace con un hijo. Esta Esdrújula leyó el final conmovida, encantada con la magnífica expresión del lenguaje y … aliviada de no haber perdido la vida.

sd

noviembre 19, 2012

Huele a FIL.


El próximo fin de semana comienza la fiesta anual de los libros en nuestra ciudad. Con Chile como país invitado, la FIL cumple 26 años.  Cada quien vive la feria de formas distintas pero esta esdrújula se va a permitir hacer algunas recomendaciones para que su visita sea más placentera, sobre todo si asisten con niños:

  • Programar su visita revisando el programa con anterioridad. De esta manera podrán elegir entre los eventos y talleres que se ofrecen,  los que consideren más adecuados e interesantes.
  • Tomen en cuenta que los eventos y talleres de FIL niños tienen horarios y que por lo regular se encontrarán con filas de espera, así que conviene contemplar esto en el margen de tiempo que planean estar en la feria.
  • La Expo es un lugar grande y muy concurrido. Es recomendable no excederse en el tiempo de la visita, los niños disfrutan más si participan de poco. Un taller, un espectáculo y una vuelta para detenerse a ver  libros les será suficiente.
  • Procuren dedicar la visita a FIL niños y programen la propia para otra fecha. Es seguro y disfrutable así para toda la familia.
  • Es importante saber que los talleres son patrocinados por empresas, en casi todos los casos. Así que, puede ser que el propósito quede supeditado al interés de cierta marca. Estos talleres suelen ser los más llamativos, ya sea porque regalan cosas o incluso por  el tipo de actividad que se realiza.  De lo que está publicado en la página de la feria, estas parecen algunas buenas opciones:

Para niños de 3 a 6 años, el CONACULTA ofrece  “Un cohete especial para un viaje espacial”.
Para niños de 7 a 9 el museo El Globo presenta  “Luna rima con tuna pero también con aceituna”
Y para los más grandes: de 10 a 12  Trompo Mágico trae este año “Una expedición animada”

Esta esdrújula  se confiesa fan de Patita de perro que se presentará en el foro el sábado de la inauguración a las 18:00 horas. Ojalá que por ahí nos saludemos.  
sd

noviembre 16, 2012

¡Feliz Cumpleaños José!


Hoy hace noventa años en Mora, Azinhaga (Ribatejo, Portugal) nació un escritor entrañable, una persona que a través de la escritura demostró sensibilidad y empatía hacía los seres humanos.

El escritor del que hablamos es José Saramago quien hoy  celebraría su cumpleaños número 90 y será objeto de diversas celebraciones. Su fundación propone a los lectores elegir una palabra que identifiquen como fundamental en la obra del autor, comentar el porqué y enviarla en un tweet; luego todas serán recopiladas y publicadas en la página web de la editorial Alfaguara. Pero muchos lectores crearon sus propias iniciativas y los tweets y mensajes alusivos a la obra del autor comenzaron desde la madrugada.

Yo he decido expresar mi profundo cariño por Saramago al recordar mi primer encuentro con su obra y la vez que lo vi en la FIL.

Llegué a Saramago por casualidad, a el maestro de la clase de Análisis Experimental de la Conducta se le ocurrió que deberíamos leer Ensayo sobre la Ceguera, elegir un personaje de la obra y aplicar los conocimientos teóricos de la materia con el personaje de ficción.

La clase no me gustaba pero leer siempre ha sido un vicio, así que compré el libro y comencé la lectura. El Saramago al que había llegado por encargo pronto empezó a rebelarse frente a mis ojos; sus pensamiento sin vacilaciones, la fuerza de la historia y la profundidad de las frases, chocaban contra mis expectativas y me exigían un esfuerza intelectual que me dejaba exhausta, dicho de otro modo: tuve que aprender a leerlo, tomar una y otra vez la frustración que me provocaba quedarme sin aliento al intentar leerlo en voz alta y conocerlo más allá de mis prejuicios y vacilaciones.

Al terminar Ensayo sobre la ceguera, Saramago ya era uno de mis clásicos, pocas veces me ha sucedido que con solo una obra un escritor me conquiste, con él no hubo necesidad de más encuentros,  una novela fue suficiente para afianzar nuestra amistad.

Después seguí con La Caverna, El cuento de la isla desconocida, Ensayo sobre la Lucidez, La flor más grande del mundo, Las intermitencias de la muerte, El cuaderno y más. Aunque tengo mis favoritos, sus historias siempre se comunican sin intermediarios con mi inconsciente; así sin saberlo enfrento algunos miedos, frustraciones y alegrías que hacen que su escritura sea inolvidable.

La única vez que vi a Saramago fue en la FIL, el día en el que presentó acompañado de Pilar (su ahora incansable viuda) Las intermitencias de la muerte, hablaba pausado pero con gracia, sus movimientos eran ágiles para su edad y su voz encajaba perfecto con su narrativa. Platicó sobre el nuevo libro, y la historia que contaba, atendió con calma a las preguntas del auditorio y en un gesto por demás generoso escuchó la demanda de un señor del público que le habló de los Zapatistas y le pidió que comentara sobre el tema.

Saramago para mí era la voz de la sociedad de los últimos años, una voz que no se callaba lo que pensaba y opinaba con melodía sobre las injusticias que nadie quería ver, su obra seguirá resonando por muchos años, y si es que nos mostramos un poquito más dispuestas, tal vez nos ayude a encontrar la forma de volvernos más humanos.

¡Felicidades querido José!

* Ahora que voy cerrando el texto, recuerdo que también tuve la oportunidad de ver y escuchar a Saramago en una exquisita lectura de fragmentos de Las Intermitencias de la muerte. Junto con Gael García y un perro que demostró excelentes modales, leyó con toda pericia, la inquietante historia.

Nos leemos.
cj

octubre 29, 2012

Un rinoceronte ensayando la infancia.



Este fin de semana se presentó en el Teatro Experimental de Jalisco, una compañía potosina con una puesta en escena que surge de un laboratorio actoral. El tema atrajo a esta esdrújula. En el programa de mano, una pequeña caja para armar, se invita al espectador a un encuentro con “aquello que hemos sido, que dejamos de ser: la infancia; comarca que a diferencia del Paraíso, no precisa de la muerte para habitarla”.
Durante hora y media, el público se puso en contacto con esos lugares comunes de la infancia. Canciones de Cri-crí, juegos tradicionales, juegos de roles, miedos, rivalidades, emociones, sensaciones, recuerdos imprecisos pero perennes, que configuran nuestra memoria y que en pocas ocasiones exploramos tan vívidamente.
El material de este ensayo se conforma de anécdotas reales sobre esa disonancia entre las percepciones infantiles y adultas. ¿Qué circunstancias se convierten en un recuerdo de la infancia? El desfile militar al que nos llevaron, creyéndolo un excelente entretenimiento, y que sin embargo nos atemorizó. El cariño de un tío o de una abuela. La reacción inesperada de un adulto por un comportamiento mal interpretado. La crueldad de los pares, pero también su complicidad incondicional.  La desilusión de un 6 de enero. La escuela y el recreo.
El viaje experimental a la memoria colectiva de la infancia se consigue con: cuatro actores en un escenario de teatro tipo arena, una caja de madera, un puñado de objetos evocadores de la infancia, un par de pantallas en circuito cerrado y la confabulación del espectador.
 Si El rinoceronte enamorado volviera a traerla a nuestra ciudad Sr. Tlacuache –Ensayo sobre la infancia-  no se pierda la ocasión de echar una mirada a su propia niñez; resulta una experiencia interesante. Entre tanto, aquí les dejo una muestra:



sd

octubre 15, 2012

La verdad del cuerpo.



La salud es un tema para padres. Claro, cuando uno sostiene a su bebé en los brazos por primera vez, se da cuenta de la fragilidad de ese pequeño ser que es, desde ese momento y hasta que él sea autónomo, responsabilidad nuestra.  Entonces nos ocupamos de encontrar un médico de confianza y lo llevamos a consulta para los chequeos de rutina y cuando observamos que algo no anda bien con su salud.
Deseamos, por supuesto, que estén saludables y nos preocupa que estén enfermos. Es frecuente que otorguemos la máxima autoridad a los médicos, que son los expertos en el tema de salud. Aunque quizá, valga la pena detenerse un momento a pensar de qué manera consideramos la enfermedad. 
Dicen los homeópatas que la medicina alopática trata la enfermedad y sus síntomas, mientras que la homeopatía trata al enfermo. Los alópatas dicen que la homeopatía sólo puede encargarse de algunas pocas afecciones menores y, con desconfianza, advierten que lo serio no se puede descuidar ‘con chochos’.
Pero ¿qué es la enfermedad?, ¿es un estado transitorio?, ¿es un lenguaje que usa el cuerpo para expresar algo más?, ¿es normal que los niños estén enfermos? ¿Por qué nos angustia la enfermedad? Personalmente he encontrado razones para no creer plenamente en lo que dicen los expertos. Michel Foucault, el audaz y agudo filósofo del siglo XX, criticó fuertemente el poder ejercido por la clínica y en general por las instituciones. Poder otorgado y reforzado por  las personas que  no somos especialistas.
La mayoría de los padres no estudiamos medicina pero, tenemos la responsabilidad de la salud de nuestros hijos; así que vale la pena observar, averiguar y entender lo mejor que podamos, antes de decidir y concentrar el poder de curación en uno u otro medicamento. Finalmente nuestros hijos tomarán el que hayamos decidido darles, porque somos las personas en quien ellos confían y de quienes esperan, naturalmente, amparo y protección.
Hace unos días, en la librería,  llamó mi atención un libro: El cuerpo nunca miente. No conocía a la autora pero el título y la contraportada me prometieron mucho. Alice Miller, http://www.alice-miller.com/index_es.php ahora sé, fue una polaca,  que estudió e investigó la infancia y las causas de las enfermedades originadas inconscientemente en esa etapa.  La franqueza con la que está escrito este libro, hace que sea fácil explicarse por qué su autora es un personaje polémico y seguramente incomodo para muchos.  
A partir de las biografías de grandes personajes de la Historia de la Literatura, señala los extremos provocados por el cuarto mandamiento.  El haber honrado a sus padres ciegamente y sin cuestionamiento, acusa Alice Miller, costó a famosos escritores como Dostoievski, Chéjov, Kafka, Rimbaud, Proust, Joyce, Woolf, entre otros;  la salud y la vida.
El mandato ha sido transmitido por la tradición y la cultura ha validado el maltrato. Enfermedades como el asma y la depresión, son hoy en día consideradas hereditarias. ¿Habrá de verdad un gen indeseado que pasa de generación en generación… o será posible que, las conductas que sufrimos de niños las repetimos, porque no conocemos otra manera de ser padres más que la que aprendimos de los nuestros?.  La búsqueda de la consciencia puede ser un camino largo y difícil; ser padres es una buena razón para iniciarlo y significa la oportunidad de romper círculos viciosos.
He escuchado  (y quizá también creído) que la nuestra, es la última generación de hijos maltratados y la primera de padres maltratados.  Habrá que reflexionar qué cosas consideramos un trato malo. En las respuestas más próximas pensaremos en gritos y nalgadas, pero tal vez podamos ir más hondo e incluir en la lista otras acciones con las que podemos ignorar las necesidades de nuestros hijos o, por el contrario,  sobreatenderlas.  Los niños necesitan amor, necesitan saber que lo tienen de sus padres de manera incondicional. Si crecen con esa seguridad no necesitarán ningún mandamiento que les obligue a amar; amarán porque eso fue lo que aprendieron y su cuerpo dirá la verdad.

Esta esdrújula les desea que tengan una buena semana en la que gocen de salud y del amor de sus hijos. Les aconseja también que si deciden tomar la recomendación de lectura, lo hagan en dosis bajas, porque es fuerte y la mente puede tardar en asimilarlo.

sd